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Editorial Mayo

la fraternidad

"Producto excelso de cristianismo"

La fraternidad es el “producto excelso del cristianismo”, así lo podemos decir, y esto se prueba de muchas maneras y se puede comenzar a explicar en cualquiera de los muchos sentidos que tiene esta afirmación. 

La implicación directa de sentirnos “hijos de Dios” es ver que los demás hombres son “mis hermanos” por el hallazgo de que Dios es Padre de todos porque nadie puede poner límites a la paternidad divina, pues en Dios todo es pleno e infinito. Sentirnos hijos de Dios es correspondiente con el sentirnos hermanos de todos e ir reconociendo y tratando como hermano a cada persona que vamos encontrando en el camino de la vida. 

De otra parte, el Espíritu Santo es el espíritu de la comunión y esa común unión tiene su cotidiana expresión en la fraternidad, puesto que el ser hijo, esposo, amigo, son realidades exclusivas; la fraternidad es la más estable, fácil y libre expresión del amor. 

Contemplando al crucificado, y sabiendo de la universalidad de su entrega y obra salvadora, descubrimos que cada persona, como sea y quien sea, vale el precio de la Sangre de Cristo y, en esta mística, aprendo a mirar en cada semejante, más allá de sus particularidades, la espera de Jesús por mi amor. 

Este reclamo de la fraternidad cruza toda la Biblia, desde la pregunta de Dios a Caín: ¿dónde está tu hermano?, en el Génesis, hasta la afirmación de Jesús a sus discípulos: “en esto conocerán que son mis discípulos, en que se amen unos a otros”, pasando por la bien conocida e impactante parábola del hijo pródigo; en esta parábola el padre insiste “es que tu hermano ha regresado”. 

Ya en los primeros pasos de la Iglesia ocurría que “la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma” (Hch. 4,32), y sobre este pasaje comenta San Hilario: “Tal, en efecto, debe ser el pueblo de Dios: todos hermanos bajo un mismo Padre, todos una sola cosa bajo un solo Espíritu, todos corriendo unánimes a una misma casa de oración, todos miembros de un mismo cuerpo que es único” (Oficio de lectura del lunes de la semana 4 del tiempo ordinario). 

Podemos concluir que donde falta la fraternidad falta la unión con Dios y, al contrario, donde hay vida de fe, cercanía con el Señor Jesucristo, hay reconocimiento y comportamiento de hermanos. La experiencia del amor de Dios y de la obra salvadora de Jesús mueve y remueve todos los engranajes del amor universal que hay en cada persona y por eso en esta experiencia recobramos la condición que nunca debimos haber dejado: ser hermanos de todos y ser hermanos para todos. 

Para terminar, tengamos en cuenta la aclaración de un autor cristiano del siglo pasado: “En primer lugar, la Fraternidad cristiana no es un ideal sino una realidad divina. En segundo lugar, la Fraternidad cristiana es una realidad espiritual y no una realidad psíquica”. Indudablemente, la fraternidad es un don divino, un fruto notable del acercamiento a Dios, del seguimiento de Jesús, y de la vida en el Espíritu. Por eso la vida cristiana va produciendo la Iglesia, comunidad, fraternidades, asamblea de santos, hermanos y apóstoles.

Fecha: 20 de Mayo de 2019
Lugar: Colombia
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