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Lunes 16 de septiembre de 2019

Colosenses 1,24-2,3

"Que se hagan oraciones por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven"

Salmo Responsorial: 27

"Bendito el Señor, que escuchó mi voz suplicante"



 Lucas 7, 1-10  

"Ni en Israel he encontrado tanta fe"

En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: "Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga." Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: "Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; y a mi criado: "Haz esto", y lo hace." Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: "Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe." Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano. 


REFLEXIÓN  
 

Elevar las manos al cielo es un gesto de súplica y de confiada esperanza en recibir aquello que se pide. El fragmento de la carta es una recomendación al líder de la comunidad para que se ore por todos y, de modo particular, por los que detentan la autoridad. Esa oración ha de hacerse con pureza de corazón y sin rencor alguno, pues era verdad consensuada que, si una oración tenía intenciones turbias, no sería escuchada, y que, incluso, podría traer efectos contrarios a los deseados. La pureza de corazón tiene que ver con la transparencia de intención. Albergar dobles intenciones, se traduce en hipocresía por querer al mismo tiempo dos cosas incompatibles entre sí. Si permitimos que intereses ajenos a los de Cristo se alojen en nuestra mente y voluntad, perdemos la pureza de corazón. Es entonces que nos dispersamos en busca de lo incompatible con la mente de Cristo. El cristiano debe cultivar un corazón puro, y esta condición viene de la unidad profunda con Dios y con Jesucristo; en eso consiste orar: unir nuestro corazón a Dios.

 
 
Fuente: Servicios Koinonía 
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